En 2026, parece que la relación entre China y América Latina atravesará una etapa de reconfiguración más que de repliegue.
Aunque China sigue siendo un socio clave para la mayor parte de la región, los préstamos y las inversiones directas se han ralentizado y el aumento de las tensiones comerciales entre China y Estados Unidos también ha puesto a prueba las relaciones. El resultado es una relación más cauta, marcada por la selectividad y por un contexto internacional cada vez más competitivo, dijeron expertos a Dialogue Earth.
Los países de América Latina mantienen su rol como proveedores de recursos estratégicos para la economía china. Los minerales, la soja y otros productos agroindustriales, junto con la energía, concentran el núcleo del intercambio. Esta estructura no es nueva, pero adquiere un peso renovado en un escenario global atravesado por la transición energética, la búsqueda de seguridad alimentaria y las tensiones geopolíticas entre China y Estados Unidos.
“China sigue interesada en América Latina por las mismas razones fundamentales que hace una década: recursos y mercados”, Margaret Myers, directora del Instituto de América, China y el Futuro de Asuntos Globales en la Universidad Johns Hopkins, sostuvo a Dialogue Earth.
Los datos comerciales reflejan esa continuidad. China se ha consolidado como el principal socio comercial de países como Brasil, Chile y Perú, y como uno de los principales destinos de las exportaciones de soja y minerales de la región. Al mismo tiempo, América Latina importa cada vez más manufacturas chinas, desde bienes de consumo hasta equipos industriales y tecnológicos. Esta dinámica refuerza un patrón de especialización primaria y profundiza los déficits comerciales de varios países latinoamericanos.
Desde el punto de vista ambiental, la demanda de minerales críticos para la producción de baterías, vehículos eléctricos y energías renovables ha revalorizado yacimientos ya conocidos y acelerado la exploración de nuevos proyectos en América Latina, generando tensiones sociales y ambientales con las comunidades en los territorios. El litio en el Cono Sur y el cobre en los Andes se han convertido en insumos estratégicos no solo para China, sino para la economía global en su conjunto.
“La transición energética está intensificando la competencia por recursos que ya generan tensiones sociales y ambientales en la región”, sostuvo Parsifal D’Sola, fundador y director ejecutivo de la Fundación Andrés Bello, un centro de estudios con sede en Colombia dedicado a China.
Menos financiamiento, más foco estratégico
La contracción del financiamiento chino hacia América Latina es uno de los rasgos más claros del momento de la relación. Los datos más recientes del Global Development Policy Center (GDP Center) de la Universidad de Boston confirman una tendencia que se viene consolidando desde fines de la década pasada: los préstamos chinos a los países de la región —principalmente de las dos instituciones financieras de desarrollo del país, el Banco de Desarrollo de China y el Banco de Exportación e Importación— han disminuido tras alcanzar su punto máximo a mediados de la década de 2010. En los últimos años, el volumen de nuevos préstamos ha sido limitado, aunque en 2024 se registró un pequeño repunte. Mientras tanto, los pagos de deudas han continuado.
Este repliegue no significa, sin embargo, una ausencia total del financiamiento chino ni un abandono de los espacios multilaterales con América Latina. En el foro de China y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), celebrado en mayo, China reafirmó su compromiso con la región y anunció nuevas líneas de apoyo financiero y cooperación, enmarcadas en un discurso de multilateralismo y desarrollo compartido. El énfasis estuvo puesto menos en préstamos bilaterales y más en mecanismos de cooperación, financiamiento para proyectos específicos y coordinación política.
El cambio se refleja también en el discurso oficial. En su más reciente documento de política sobre América Latina y el Caribe publicado en diciembre, el gobierno chino reafirmó la importancia de la región como socio clave, pero puso el acento en una cooperación “de alta calidad”, con mayor énfasis en sostenibilidad, innovación tecnológica y alineación con la transición energética. Se trata de su tercer documento de política sobre la región, pero a diferencia de las versiones anteriores, el texto dedica más espacio a sectores como la energía limpia, la electromovilidad, la economía digital, las telecomunicaciones y las infraestructuras inteligentes.
En la práctica, esta reorientación se traduce en inversiones más focalizadas y en una mayor presencia de empresas chinas a través de capital propio, adquisiciones y asociaciones con actores locales, aseguraron expertos a Dialogue Earth.
Para Rebecca Ray, investigadora del GDP Center, este patrón es especialmente visible en Brasil, donde “el sector de la electromovilidad es prioridad altísima y no hay socios más poderosos en ese tema que China, que ha mostrado un interés inmenso en colaborar con Brasil”. Al mismo tiempo, Ray advierte a Dialogue Earth que el escenario regional es heterogéneo y que en países como México pueden surgir fricciones vinculadas a la posible nacionalización del litio y a las tensiones comerciales con Estados Unidos y China por tarifas.
Los minerales críticos ocupan un lugar central en esta nueva etapa. Litio, cobre e incluso tierras raras concentran inversiones y acuerdos orientados a asegurar el suministro de insumos clave para las industrias chinas de baterías, vehículos eléctricos y energías renovables. Según el informe de la Universidad de Boston, aunque el volumen total de financiamiento haya disminuido, la relación económica se ha vuelto más diversificada, con un rol creciente de las empresas y una menor visibilidad del Estado chino como prestamista directo.
“Mirando hacia 2026, los motores serán multidimensionales: comercio e inversión, la cooperación tecnológica y la energía”, señala a Dialogue Earth Jorge Malena, director del Comité de Estudios Asiáticos del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI).
Competencia geopolítica
Más allá de los cambios en el volumen o sectores de las inversiones, la principal variable que atraviesa hoy la relación de China con América Latina es la intensificación de la competencia con Estados Unidos. En 2026, el vínculo entre China y Washington se moverá en un terreno inestable y sus efectos se sentirán en la región, que muchos en Washington consideran como su propio patio trasero. Sectores como comercio, tecnología, infraestructura y seguridad concentran tensiones, y transforman decisiones económicas en definiciones estratégicas.
Para Francisco Urdinez, director del Núcleo Milenio para el Estudio de los Impactos de China (ICLAC), el reciente documento de política china hacia América Latina “es una buena guía que muestra los compromisos y valores de China con la región, con un fuerte énfasis en la multilateralidad y en una retórica de horizontalidad, que presenta la relación como Sur–Sur”.
Sin embargo, advierte a Dialogue Earth que ese mensaje resulta imposible de leer sin ponerlo en diálogo con la estrategia estadounidense: “El retorno de Estados Unidos a la región está atravesado por la idea de recuperar una hegemonía cuasi imperial sobre el hemisferio occidental, y eso implica, explícita o implícitamente, sacar a China del espacio latinoamericano”, dijo.
La competencia China–EE.UU. potenciará la polarización estratégica, lo cual ofrecerá oportunidades a gobiernos de la regiónJorge Malena, director del Comité de Estudios Asiáticos del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI)
En ese marco, cualquier avance chino en sectores estratégicos puede ser interpretado por Washington como una intromisión en su zona de influencia. “Todo lo que China haga en la región puede ser leído como una amenaza, y eso abre la puerta a presiones para cuestionar proyectos, romper vínculos con la banca china o reducir la dependencia comercial”, señala Urdinez. La tensión ya no pasa solo por grandes obras de infraestructura, sino por decisiones más específicas vinculadas a telecomunicaciones, datos, energía y tecnología, sostiene.
Myers dijo que a los países de la región les resultará “cada vez más difícil evitar tomar partido” a medida que se intensifique la disputa. “La relación entre Estados Unidos y China no está en reparación, está en flujo, y puede ir en muchas direcciones”, afirmó. En ese contexto, añadió: “Esto será especialmente importante en lo que respecta a proyectos que Estados Unidos considera estratégicamente importantes, como una red de telecomunicaciones, una instalación espacial o una vía navegable”.
Los cambios políticos clave en varios países latinoamericanos también pondrán a prueba esta dinámica. En Chile, la reciente victoria presidencial de José Antonio Kast no anticipa un quiebre con China, pero sí podría endurecer el alineamiento político con Estados Unidos. En Colombia, la incertidumbre sobre el rumbo del próximo gobierno abre interrogantes sobre la continuidad de su acercamiento a China. En Brasil, más allá de los ciclos electorales, la relación con China aparece hoy como un pilar estructural, especialmente en sectores como energía, minería y electromovilidad. En Venezuela, el reciente encarcelamiento del expresidente Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos podría suponer restricciones para la relación de China con el país.
“La competencia China–EE.UU. potenciará la polarización estratégica, lo cual ofrecerá oportunidades a gobiernos de la región. En infraestructura, tecnología y energía veríamos alternativas de financiamiento, disputa por estándares y proyectos emblemáticos que condicionarán alineamientos y autonomía estratégica de los Estados latinoamericanos”, concluye Malena.

