Mariana Mazzucato lleva mucho tiempo defendiendo que los gobiernos no deberían limitarse a corregir las fallas del mercado, sino que deberían impulsar activamente el crecimiento económico.
La economista italoamericana, que ha ocupado diversos cargos de alto nivel en organismos multilaterales, es actualmente directora del Instituto para la Innovación y el Bien Público del University College de Londres.
Su último libro, The Common Good Economy, ofrece una brújula para orientarnos hacia economías que “funcionen para todos”.
Ahora, centra su atención en un aspecto que suele pasarse por alto en la estrategia climática: la cultura.
En esta entrevista con Dialogue Earth, Mazzucato explica por qué el arte, los rituales locales y las prácticas creativas son tan importantes para la transición ecológica como las redes eléctricas. Describe por qué los planes tecnocráticos se quedan cortos sin la participación de la comunidad y destaca la importancia de evitar que la inteligencia artificial aumente la desigualdad.
La entrevista ha sido editada por motivos de extensión y claridad.
Dialogue Earth: Usted ha defendido que la cultura es fundamental para hacer frente a la crisis climática. ¿Cuáles son las razones?
Mariana Mazzucato: El enfoque actual no está funcionando. Las soluciones climáticas se plantean como algo desconectado de la forma en que estructuramos la esencia del capitalismo y, por lo tanto, de la dirección del crecimiento económico. El crecimiento económico no es un bien neutro. El crecimiento tiene una dirección, no solo una tasa, y necesitamos una transición verde que la gente vea como parte de una buena vida.
En mi nuevo libro escribo que la cultura, el bienestar, la alegría y el florecimiento humano son el sentido de la economía. La cuestión es cómo estructuramos las herramientas económicas para lograrlo. Como dijo Celso Furtado, exministro de Cultura de Brasil: “La política cultural es política de desarrollo”.
Un artículo reciente suyo sirvió de base para un seminario en el que se reunieron un presidente de la COP climática, una escenógrafa, una líder indígena, un músico y un científico climático. ¿Qué surge de una sala como esa que no surgiría en una llena de economistas?
No es casualidad que Franklin D. Roosevelt incorporara a artistas y diseñadores a la Administración de Proyectos de Trabajo del New Deal. Las artes y las prácticas creativas tienen un enorme impacto a la hora de dar forma a lo que creemos que es posible.
Como dijo el escritor francés Antoine de Saint-Exupéry: “Si quieres construir un barco, no animes a la gente a recoger madera… enséñales a anhelar la inmensidad infinita del mar”.
En segundo lugar, no existe un modelo único elaborado por expertos sobre cómo lograr el éxito en la transición ecológica, ni siquiera sobre cómo se define ese éxito. Ahí es donde entra en juego la brújula del bien común. Consta de cinco elementos: propósito y orientación; cocreación y participación; aprendizaje colectivo e intercambio de conocimientos; acceso para todos y reparto de beneficios; y transparencia y rendición de cuentas.
Por ejemplo, escribí junto con mi colega Damon Silvers sobre la huelga de los trabajadores del sector automotriz en EE. UU., en la que fueron las propias voces de los trabajadores las que presionaron para conseguir buenos puestos de trabajo en la industria de los vehículos eléctricos.
La cultura debe integrarse en la política industrial, en lugar de aislarla
¿Por qué la cultura necesita su propia línea de investigación específica, en lugar de ser una nota al pie en la política industrial?
Escribí un artículo, Climate Change and Culture (Cambio climático y cultura), sobre cómo trabajar con las comunidades, y no para ellas. Se trata de utilizar los conocimientos y recursos que ya existen, en lugar de imponer soluciones desde fuera.
En él, ofrezco dos ejemplos contrastantes. El marco REDD+ de la ONU, aplicado al Fondo Amazónico, se basó en cálculos de costo de oportunidad de McKinsey que hacían que la industria extractiva pareciera más valiosa que la agricultura rotativa de pequeños agricultores practicada por los pueblos tradicionales.
Por el contrario, el Proyecto Esperaçar, en la Reserva Extractivista Chico Mendes, reconoce que la cultura tradicional y el cuidado del bosque están vinculados, y apoya ambos. Por eso la cultura debe integrarse en la política industrial, en lugar de aislarla.
Ha defendido que el gobierno no debería externalizar la política sanitaria ni la industrial. ¿Cómo se traduce eso en materia de clima y cultura?
Las instituciones públicas deben tener la capacidad de diseñar y aplicar políticas para una economía al servicio de las personas. La brújula de la economía del bien común ayuda a definir el “cómo”: cocreación, intercambio de conocimientos, transparencia.
Nada de eso funciona si el gobierno externaliza de forma opaca la política climática a empresas de consultoría. La verdadera consulta y la capacidad de escuchar son capacidades clave que faltan. Si las personas no se sienten incluidas, las políticas serán menos eficaces, menos resilientes o se enfrentarán a una oposición rotunda. Para llevar a cabo una buena transición, debemos gobernar bien, y de forma diferente a como lo hemos hecho hasta ahora.
La COP30 de Brasil se anunció como una COP de implementación, en la que se impulsarían planes para movilizar la financiación climática y un Mecanismo de Transición Justa. ¿Se trata de un cambio genuino hacia la financiación, o seguimos elaborando planes más rápido de lo que tardamos en ponerlos en práctica?
Usualmente, los gobiernos están más interesados en lanzar nuevos planes que en mantener los ya existentes. Tenemos que crear conjuntamente el plan adecuado y ajustarnos a él.
En segundo lugar, no se trata solo del dinero, sino de cómo se canaliza ese dinero y quién se beneficia de él. Con demasiada frecuencia, el dinero público se limita a “llenar un vacío” en lugar de servir de base a un proyecto. Los bancos de desarrollo pueden desempeñar un papel crucial adoptando un enfoque orientado a la misión a la hora de movilizar el capital, y necesitamos que las alianzas de estas instituciones con el sector privado sean verdaderamente recíprocas.
Ahora que Estados Unidos se retira de la cooperación climática multilateral y los aranceles están reconfigurando el comercio mundial, ¿cómo se construyen la financiación climática y la estrategia industrial verde?
El orden económico ya estaba roto. Tenemos que construir algo diferente en su lugar, que funcione para las personas y el planeta, en lugar de generar más desigualdad o explotación. No lo conseguiremos con retoques o mejoreas incrementales, ni con el populismo reaccionario de extrema derecha ni con aranceles improvisados.
Tenemos que ser audaces: dar forma a la economía, financiar para generar impacto, construir Estados capaces y forjar colaboraciones en pro de la equidad global. Por eso puse en marcha el Consejo Global sobre la Nueva Economía para el Siglo XXI, que reúne a responsables políticos, académicos y profesionales para replantearse los supuestos que dan forma a las sociedades.
¿Cómo pueden los países utilizar las energías renovables y los minerales críticos para ascender en la cadena de valor, en lugar de repetir el modelo extractivo de la era de los combustibles fósiles?
Ese es precisamente el riesgo. El 70% de los minerales críticos se encuentra en el Sur Global, y actores como el gobierno de EE. UU. están buscando acuerdos bilaterales de carácter extractivo que eluden condiciones justas en materia de fiscalidad o regulación medioambiental.
Necesitamos una mayor coordinación para evitar la intimidación geopolítica y una carrera a la baja en materia de normas. Y los gobiernos deben ser proactivos a la hora de definir cómo su política industrial verde contribuye a crear un ecosistema de innovación.
Los centros de datos y la inteligencia artificial (IA) se encuentran entre las fuentes de demanda eléctrica de más rápido crecimiento. ¿Es la IA, tal y como se financia y regula, compatible con la transición verde?
La IA, como la mayoría de las innovaciones, no es intrínsecamente buena ni mala. Lo que importa es cómo se implementa y quién toma las decisiones.
La gobernanza de la IA debería servir al bien común a través de la orientación, la transparencia, la cocreación y las recompensas compartidas. El problema es lo que he denominado “feudalismo digital”, en el que un pequeño número de empresas ejerce un control casi total sobre la gobernanza de la IA, a pesar de que las instituciones públicas hayan subvencionado el capital intelectual y físico del que depende el desarrollo de la IA.
A los creadores del arte y los contenidos que alimentan las herramientas de IA se los está explotando en lugar de recompensarlos.
El desarrollo de la IA no es una misión que compita con la transición ecológica, sino que ambas deben diseñarse para complementarse mutuamente en lugar de competir. No queremos que los centros de datos agoten los suministros esenciales de agua para financiar usos de la IA que no estén orientados al bien común. Eso sería lo peor de ambos mundos.
Gran parte del Sur Global se ve asfixiado por la deuda, al tiempo que se le pide que financie una transición justa. ¿Cómo sería un enfoque genuinamente orientado a objetivos para afrontar el reto de la deuda?
Necesitamos una nueva arquitectura financiera y de deuda global. La primera ministra de Barbados, Mia Mottley, lidera la Iniciativa de Bridgetown con propuestas relacionadas con la financiación climática. Debemos reformar los sistemas fiscales globales, lo que implica cambiar normas como el Marco de Sostenibilidad de la Deuda del Banco Mundial y el FMI, que trata la inversión a largo plazo como un gasto a corto plazo.
La última sección de mi libro aborda cómo situar a los países del Sur Global en el centro. Es importante adoptar un enfoque orientado a una misión para que estos esfuerzos estén alineados en lugar de descoordinados, con un enfoque real en la implementación —como los contratos justos—, de modo que la financiación para el desarrollo se trate como una misión que hay que liderar, y no solo como un vacío que hay que llenar.
Ha defendido que los mercados son el resultado de decisiones políticas, no de fuerzas ajenas al control del gobierno. ¿Cuál es la idea errónea más extendida que siguen teniendo los responsables políticos sobre el papel del Estado en la transición verde?
En primer lugar, que su labor consiste en arreglar el desastre que han dejado los mercados, en lugar de moldear activamente los mercados para lograr resultados colectivos. En segundo lugar, abordar la política industrial sector por sector en lugar de misión por misión. En el Reino Unido, el Departamento de Seguridad Energética y Cero Emisiones Netas ha avanzado en los mandatos que controla, pero sus avances son limitados sin un enfoque interministerial e intersectorial de la misión de la energía limpia. No puede ser que un departamento se ocupe de reducir las emisiones mientras otro las genera. Y los responsables políticos deben conseguir que la gente los siga, y ahí es donde entra en juego la cultura.


