Bosques

Quedarse o irse: cómo una comunidad chilena enfrenta los megaincendios

Algunos han emigrado de la región de Valparaíso, pero otros se han organizado para quedarse ante el avance de los incendios forestales
<p>El barrio El Olivar, en Viña del Mar, devastado por los incendios que afectaron la región de Valparaíso en febrero de 2024 (Imagen: Cristobal Basaure Araya / SOPA Images / ZUMA Press / Alamy)</p>

El barrio El Olivar, en Viña del Mar, devastado por los incendios que afectaron la región de Valparaíso en febrero de 2024 (Imagen: Cristobal Basaure Araya / SOPA Images / ZUMA Press / Alamy)

Carmen Mardones empezó a considerar a Canal Chacao su hogar cuando tenía 29 años. Ubicado entre las colinas de Quilpué, el barrio les ofrecía una vida más cercana al bosque junto a sus dos hijos pequeños: Kattya, de cuatro años, y Jorge, de dos. Catalina, su tercera hija, nació después de que se mudaran, en 1997, desde la cercana ciudad costera de Viña del Mar.

Al principio, alquilaba. Con el tiempo, compró una casa y pasó años reformándola. Siguió trabajando en Viña del Mar, vendiendo repuestos de automóviles en un negocio que había heredado de su padre. Construyó una vida.

Luego llegó el gran incendio del 2 y 3 de febrero de 2024, el más mortal de la historia reciente de Chile, que se cobró 138 vidas y afectó a más de 21.000 personas, según cifras del gobierno. Carmen recuerda aquel día. Recuerda cómo una nube negra se cernió sobre sus hogares. Las sirenas aullaban, las tuberías de gas explotaban y el humo lo invadía todo. Se cortó el suministro de agua.

Evacuó junto a su marido y su hija menor, con toallas húmedas apretadas contra los rostros porque el aire era irrespirable y las llamas lo cubrían todo. Se subieron al coche y, durante un rato, dejaron el fuego atrás.

Aun así, no se marchó.

Se fue dos semanas después, tras días de retirar tierra y escombros quemados y de escuchar el llanto de la vecina de enfrente. “Quería dejar de ver diariamente todo destruido”, dijo. “Te hace muy mal. No te da esperanza”.

Su caso forma parte de un fenómeno que escala veloz en Chile. Entre 2016 y 2022 el país registró cerca de 39.000 personas forzadas a dejar su residencia por un evento climático o para evitar sus efectos, según el Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres (Senapred). Los terremotos explicaron el 41% de esos movimientos en Chile entre 2016 y 2022, seguidos por incendios forestales (30,8%), inundaciones (17,4%), temperaturas extremas (6,4%) y deslaves (3,3%). En el megaincendio que afectó al sur de Chile en enero pasado, cerca de 50.000 personas fueron evacuadas solo en horas. Algunos, como Mardones, son hoy migrantes climáticos, es decir, abandonaron definitivamente sus hogares.

casas en una ladera seca
Viviendas en Canal Chacao, donde solía vivir Carmen Maldones. Dada su ubicación en la interfaz urbano-forestal, los incendios en verano son frecuentes (Imagen: Muriel Alarcón)

Dada su ubicación en la interfaz urbano-forestal, la franja donde las viviendas se encuentran con bosque, en Canal Chacao, los incendios en verano “eran relativamente normales”, asegura Mardones. “Todos corríamos a mojar los techos”. Sin embargo, hasta entonces, al fuego no lo había acompañado un viento huracanado.

Hasta febrero de 2024, “normal” no había significado esto. No había significado un incendio avivado por vientos feroces y no había significado la pregunta: ¿deberían quedarse o deberían irse?

Prepararse para el fuego

Un año antes del megaincendio del 2 de febrero de 2024, los residentes de la zona de Canal Chacao comenzaron a organizarse para evitar que el fuego los obligara a abandonar sus hogares. El área reúne cerca de mil cuatrocientas viviendas, distribuidas entre los vecindarios Canal Chacao, Villa Botania, Cumbres de Quilpué y Bello Horizonte, donde residen alrededor de 12.600 personas. En 2023 fundaron la Agrupación Canal Chacao. Su directiva, hoy integrada por 12 personas de entre 35 y 75 años, impulsó las primeras acciones concretas.

La sensación de vulnerabilidad crecía desde 2014, cuando el “gran incendio de Valparaíso” dejó más de 12.000 damnificados. En la región, el aumento de las olas de calor, las sequías prolongadas y los vientos intensos revivían la presión cada verano. A eso se sumaba la desconfianza hacia los sistemas de alerta temprana del Estado, explica Estrella Barrios, miembro de la junta directiva de la agrupación. “Había una falta de confianza en las autoridades, que se supone que deben protegernos, pero no llegan a tiempo”, afirma.

dos mujeres con ropa de alta visibilidad
Estrella Barrios (derecha) y Brenda Rodríguez (izquierda), miembros de la junta directiva de la Agrupación Canal Chacao, en el  centro de mando de la organización (Imagen: Muriel Alarcón)

América Latina se ha convertido en uno de los epicentros de la crisis climática mundial. El IPCC, el órgano científico de las Naciones Unidas sobre el clima, señala que la región está sufriendo un calentamiento y un aumento de la frecuencia de las sequías y otros fenómenos meteorológicos extremos. “América Central y del Sur están muy expuestas, son vulnerables y se ven muy afectadas por el cambio climático”, afirma el organismo. La situación se ve “agravada por la desigualdad, la pobreza, el crecimiento demográfico y la alta densidad de población, el cambio en el uso del suelo —en particular la deforestación— con la consiguiente pérdida de biodiversidad, la degradación del suelo y la elevada dependencia de las economías nacionales y locales de los recursos naturales para la producción de materias primas”.

Los miembros de la Agrupación Canal Chacao sabían que tenían que actuar. En 2023, comenzaron a participar en sesiones de formación organizadas por Cáritas Chile, una organización católica de ayuda humanitaria, en colaboración con la Corporación Nacional Forestal (Conaf) y la Municipalidad de Quilpué, financiadas por USAID, la agencia de cooperación internacional de EE. UU. El programa, de cinco meses de duración, se centró en comprender el entorno local —sus fortalezas, riesgos y vulnerabilidades— así como los recursos disponibles en la comunidad. La Conaf proporcionó la información más técnica: normativas, qué se puede o no se puede podar y especies protegidas. Incluso instalaron un centro de mando, equipado con una computadora y una impresora para el trabajo administrativo, así como herramientas como desmalezadoras, carretillas, rastrillos, equipos de radio y una cámara para documentar sus actividades.

“Las comunidades que se sienten con susto y muy abandonadas por el Estado, muchas veces quieren ir a responder [el incendio]”, dice Andalucía Corvalán, especialista en Gestión Comunitaria de Riesgo de Desastres de Cáritas Chile. “Parte del proceso de transformación del proyecto fue decir que el rol de la comunidad es prevenir”.

personas limpiando malezas en una zona con vegetación
Eliminación de malezas en Canal Chacao en diciembre de 2025. Junto con la plantación de suculentas, estas medidas contribuyen a frenar la propagación del fuego y a mantener las vías de acceso abiertas en caso de incendio (Imagen: Agrupación Canal Chacao)

Para enero de 2024, con herramientas recomendadas por CONAF y enseñadas en las capacitaciones, limpiaron y despejaron áreas con mucha vegetación, construyeron cortafuegos en zonas residenciales y solicitaron a la municipalidad que habilitara estanques para humedecer zonas expuestas a alta temperatura. Plantaron docas (Carpobrotus chilensis), una suculenta que actúa como defensa natural ante los incendios al retener la humedad del suelo. Además, diseñaron un mapa comunitario de riesgo en el que identificaron, entre otros, a residentes, como adultos mayores y con movilidad reducida, que necesitarían ayuda especial al evacuar.

Cuando se produjo el incendio, fueron estas medidas las que ayudaron a salvar vidas. La limpieza y la eliminación de la maleza contribuyeron a mantener las carreteras abiertas y las vías de acceso despejadas. Barrios señaló que la comunidad sabía que no debía dirigirse hacia el incendio, para no obstaculizar el trabajo de los bomberos.

En la cercana Villa Independencia, la destrucción fue mucho mayor y el número de víctimas mortales considerablemente más elevado. Las estimaciones apuntan a que allí fallecieron unas 60 personas. En Canal Chacao, el número de víctimas mortales fue de siete. “Chile tiene un déficit muy grave de infraestructura resiliente. Por eso, cuando se produjo el gran incendio, la población no disponía de rutas de evacuación definidas. se conocía el hábitat y cómo funcionaba”, afirma Sofía Jacob, investigadora sobre desplazamientos por desastres en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso).

Una de las personas que perdió la vida era una voz que había estado advirtiendo de los riesgos. Meses antes, la Agrupación Canal Chacao se había encontrado con un límite. Los terrenos públicos podían desmalezarse y reducir así el riesgo de propagación del fuego. Los predios privados colindantes, en cambio, quedaban fuera de su alcance.

La vivienda de Carmen Mardones limitaba con un bosque de propiedad privada. Su vecina en el pasaje Aldebarán, Delia Uribe, una octogenaria que integraba la Agrupación Canal Chacao, había advertido la necesidad de limpiar los terrenos cercanos a su casa, explicó Barrios. “Nos dijo literalmente: ‘Si el bosque se incendia, voy a morir quemada’”.

Cuando alcanzó su hogar, Uribe se negó a evacuar y se refugió en una pieza junto a su esposo, secuelado de un ACV, convencida de que era un incendio más. Ambos son parte de las siete víctimas que dejó la tragedia en el sector. Hoy la Agrupación Canal Chacao se reúne en un centro de mando que lleva su nombre: Delia Uribe.

Información que salva vidas

Aunque conocía la labor de resiliencia de la agrupación, Mardones no participó en sus sesiones de formación en 2023. Su trabajo se lo impedía. “El horario del comercio es bastante exigente”, dijo.

Y, sin embargo, nunca ha dudado de que marcharse fue la decisión correcta. Quedarse le estaba pasando factura psicológicamente. En los días posteriores al incendio, su marido se negaba a abandonar las ruinas de su casa. Dormía dentro del coche, en el garaje, y regaba los restos todos los días. “Temía que le quedara un trauma. Por eso decidí marcharme y alejarme”, dice sobre la decisión de mudarse a vivir a Limache, otra ciudad del interior de la región.

Para Jacob, la preparación comunitaria de Canal Chacao podría ayudar a disminuir los desplazamientos provocados por incendios forestales, “siempre y cuando se aseguren las condiciones mínimas por parte de la gobernanza para reducir los riesgos”. Esto, agrega, porque en los desastres “la incertidumbre es un factor predominante y nunca se puede estar completamente preparado”. En su investigación señala que una clave ha sido su proceso de adaptación: “Sin educación ambiental, no hay resiliencia”.

En Canal Chacao, la agrupación cuenta con radiotransmisores portátiles, conectados con Senapred y Bomberos. La directiva dirige un grupo de WhatsApp para vecinos donde interpretan datos para anticipar el comportamiento del fuego. “Si vemos que la situación es desfavorable, damos el primer aviso a través de un grupo de WhatsApp formado por miembros de la comunidad y gestionado por la Agrupación Canal Chacao”, explica Barrios. Ahora esperan implementar un tercer nivel de alerta utilizando una sirena de emergencia. “Eso es lo que aún nos queda pendiente”, añade.

El desafío ahora es financiero: la financiación de USAID que les permitió adquirir el equipo básico ya no está disponible. “Dejó de proporcionar fondos”, dice Barrios. El grupo solicita ahora financiación a diferentes fuentes, con un éxito limitado: recientemente han comprado algunas motosierras y lo siguiente en la agenda es un dron.

una mujer de pie en un patio abierto
Carmen Mardones en el lugar donde se encontraba su casa antes de que fuera destruida por un incendio en 2024. Tras su reconstrucción, ahora viven allí su hijo y su hija (Image: Muriel Alarcón)

Mardones, la migrante climática que dejó el barrio dos semanas después del megaincendio, sigue visitando a sus antiguos vecinos. Entiende que, en un lugar donde el fuego puede volver cada verano, prepararse es la única forma de quedarse. La casa que tuvo que abandonar fue demolida y luego reconstruida. “Quedó linda”, dice. Aunque no la sienta suya, sabe que siempre tendrá un motivo para volver. Ahora es el hogar de su hija Catalina, de 23 años, su hijo Jorge, de 31, y su pareja.

Y, sin embargo, sigue sintiendo miedo por sus hijos. Sabe que viven con la carga de tener que estar siempre preparados, siempre a la espera; atrapados entre irse y quedarse. “Antes, ni siquiera se nos pasaba por la cabeza que Canal Chacao pudiera arder. Ahora, creo que podría volver a pasar”.

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