Al entrar, el aire es frío y húmedo. El silencio se siente y pesa. Caminas y abres paso hacia el fondo de una quebrada de tierra mojada, donde las hojas verdes de distintos tamaños y texturas tapan el cielo. Oyes cada cierto tiempo los zumbidos de los colibríes de plumas tan verdes como el bosque.
Se trata de un bosque esclerófilo. Estos bosques se caracterizan por una vegetación con hojas de textura dura y perennes, como el peumo (Cryptocarya alba), el boldo (Peumus boldus) y el litre (Lithraea caustica). Se ven moldeados por veranos secos y temporadas de fuertes lluvias, lo que da lugar a un ecosistema típicamente mediterráneo. Pero este bosque no se encuentra en la campiña italiana, sino en el centro de Chile.
Como todo ecosistema natural, el bosque entrega una serie de servicios ecosistémicos esenciales a las comunidades. Regula la temperatura local, almacena carbono y entrega leña, frutos, hierbas medicinales, forestales y otros productos no madereros. También cumple un rol importante frente a la prevención de desastres naturales. En épocas de lluvia actúa como una esponja, evitando inundaciones, y en lugares montañosos previene aluviones.

Sin embargo, los bosques esclerófilos de Chile se ven amenazados por el cambio climático, los incendios y la expansión agrícola e inmobiliaria. En 2025, investigadores chilenos afirmaron que se encontraban al borde del colapso, con alrededor del 40% en situación de riesgo.
El bosque invisible
Chile es conocido principalmente por sus desiertos y salares del norte, y por las zonas salvajes de la Patagonia austral. Menos conocidos son los paisajes, la flora y la fauna endémicas de su región central, que alberga uno de los cinco ecosistemas mediterráneos del mundo.
A pesar de pasar relativamente desapercibidos, los bosques esclerófilos viven en el imaginario y cultura de Chile. Al caminar por las calles, cerros y quebradas de la zona central del país, se puede observar varias de sus especies vegetales nativas. Asimismo, a través de sus aromas, se puede recordar las infusiones caseras que las abuelas aconsejaban beber, como el té de boldo, con propiedades que mejoran la digestión y protegen el hígado.
Según las cifras del Catastro de Recursos Vegetacionales 2025 de la Corporación Nacional Forestal de Chile (Conaf), los bosques esclerófilos representan el 10,3% de la cubierta arbórea autóctona del país. Se extienden a lo largo de una superficie total de aproximadamente 1.200 km a través de una de las zonas más densamente pobladas de Chile. Esta región se considera un punto caliente de biodiversidad, ya que alberga alrededor del 47% de las especies endémicas del país, entre las que se incluyen la elegante yaca (Thylamys elegans) y la serpiente de cola larga (Philodryas chamissonis).


“Este ecosistema reúne tres características que hacen urgente su protección: es altamente diverso, está escasamente protegido y es uno de los más amenazados del país”, explica a Dialogue Earth Patricio Pliscoff, profesor asistente del Departamento de Ecología y del Instituto de Geografía en la Universidad Católica de Chile.
La evidencia científica así lo sostiene. Un estudio de investigadores chilenos en 2025 demostró que el bosque disminuyó su vigorosidad, especialmente en su distribución centro norte. Un 39,8% del bosque presenta un índice de riesgo alto o muy alto. Además, disminuyó la producción primaria neta del bosque, es decir la cantidad total de hojas, ramas, cortezas caídas, raíces, hongos y microorganismos que lo compone. “Cuando vas caminando a través del bosque esclerófilo, puedes alzar tu cabeza y mirar al cielo y observar si las hojas de los árboles cubren su visibilidad. Cuando existe un bosque denso y con continuidad del dosel [la capa más alta], existe una mayor cantidad de sombra”, explica a Dialogue Earth Diego Cueto, Ingeniero en Recursos Naturales de la Universidad de Chile, quien participó en la investigación.


Las causas de este declive son múltiples. Durante la última década, los incendios en la zona central de Chile han aumentado y con ello la amenaza a este ecosistema. “El bosque esclerófilo es especialmente sensible al fuego y su principal amenaza son los incendios forestales”, afirma Francisca Ruiz, ingeniera forestal de la Universidad de Chile.
Asimismo, Ruiz agrega que la megasequía que ha afectado a la zona mediterránea del país durante la última década ha provocado una pérdida aún más significativa en estos ecosistemas. Incluso en las áreas de bosque que aún conservan una vegetación más densa, las precipitaciones disminuyeron en un 49%.
En la zona mediterránea del centro de Chile, el cambio en el uso del suelo entre 1975 y 2008 —incluida la expansión agrícola y urbana— fue uno de los principales factores que provocaron la pérdida de bosques y matorrales, y el cambio en la vegetación estuvo estrechamente relacionado con el uso humano del suelo. Esto ocurrió especialmente en terrenos con pendientes relativamente suaves o en zonas muy próximas a las carreteras, según un estudio de 2011.
Un bosque de árboles centenarios
En una pequeña casa al final de una empinada calle sin salida en la comuna de Zapallar, vive Israel Ramón Torres, de 81 años, rodeado de aire marino y a sus espaldas, un verde cerro donde se extiende el bosque esclerófilo.
“Don Monche”, apodado así por sus vecinos, se autodenomina “zapallarino de corazón”. Es decir, es nacido y criado en la zona y su infancia, recuerda, la pasó rodeado hojas verdes.

Al escuchar su historia de vida, se puede intuir que hasta hace algunos años la relación de la comunidad de Zapallar con el bosque esclerófilo chileno era armónica. “Íbamos al cerro y sacábamos leña cuando caían los árboles. Los dueños del fundo no dejaban que cortáramos los árboles, sólo cuando se caían y se secaba la leña”, relata. “También con mis amigos jugábamos y nos colgamos de las lianas de los árboles y cuando se acaba el agua íbamos al cerro a buscar”, agrega.
Fue alrededor de la década del 2000 cuando las cosas empezaron a cambiar, según cuentan los vecinos de Don Monche, al iniciarse la urbanización de algunas zonas del bosque.
Un análisis de la Universidad de Chile muestra cómo, entre la década de 1960 y 2001, el desarrollo urbano transformó profundamente el litoral de Zapallar. Este desarrollo comenzó a extenderse más allá del camino costero, invadiendo zonas de bosque esclerófilo. Según el estudio, el modelo de urbanización pasó de ser compacto y concentrado a disperso y fragmentado. Como parte de este proceso, la planificación pasó de centrarse en los barrios tradicionales a centrarse en bloques de pisos, urbanizaciones privadas cerradas y segundas residencias.

El Boldo de Zapallar
La quebrada llena de árboles endémicos y centenarios, la misma que Don Monche recordaba en su infancia, estuvo a punto de desaparecer. En 2001, un proyecto inmobiliario contemplaba la construcción de 166 departamentos, un centro de convenciones y un gran hotel en la parte más alta del cerro El Boldo a 520 metros de altura. No obstante, la iniciativa no cumplía con el plan regulador de la comuna.
Fue entonces que las autoridades municipales de la época convocaron a los vecinos a pronunciarse sobre el proyecto en un plebiscito. El 31 de agosto de 2003, 3.355 ciudadanos votaron a favor de la protección de los bosques de Zapallar.
El resultado de la consulta significó un punto crucial para el bosque esclerófilo de Zapallar y sus vecinos pues un grupo de 22 de ellos se comprometieron para adquirir el terreno y destinarlo a la creación de un área privada protegida. Este compromiso se concretó en 2010 con la inauguración del parque El Boldo de Zapallar conformado por 65 hectáreas. En 2017, el parque quedó protegido a perpetuidad mediante un Derecho Real de Conservación reconocido por el Código Civil Chileno.
Esta protección es fundamental para muchas de las plantas y árboles centenarios de El Boldo de Zapallar, que necesitan una elevada humedad para prosperar. Muchos de ellos se encuentran en situación de “peligro crítico de extinción”, “en peligro de extinción” o “vulnerables”.

Así lo explica a Dialogue Earth Javier Marín, joven guardaparque de El Boldo. Su presencia representa a una nueva generación de “zapallarinos” o personas de comunas aledañas a este lugar que trabajan por educar y conservar al bosque esclerófilo. Su historia con el parque El Boldo comenzó primero como visitante: recorrió sus senderos y se enamoró de su diversidad. Fue así como decidió dedicar su energía al trabajo de conservación y en estos momentos continúa con su labor por proteger el bosque como guardaparque. “Nosotros necesitamos de este bosque”, afirma en alusión a los servicios ecológicos que entrega el bosque.
Marín está terminando la carrera de manejo de áreas silvestres al mismo tiempo que lidera un grupo de trekking en áreas aledañas enfocado en educación ambiental. Su motivo es difundir el tesoro de la diversidad endémica del bosque. “Veo que falta ese enfoque en la zona, donde la biodiversidad del bosque es muy valiosa pero poco conocida y amenazada por incendios y expansión inmobiliaria”, explica.
Carmen Rosa Ringeling, directora ejecutiva del Parque El Boldo de Zapallar, indica que durante los últimos años la valoración social del bosque y del parque ha crecido significativamente: “Antes, existía desconocimiento sobre su importancia ecológica; hoy la comunidad local y los visitantes reconocen su valor en biodiversidad y servicios ecosistémicos. El contacto con el parque ha influido en la vida de muchos”, explica.

Un antiguo poeta de Zapallar, Javier Pérez de Ovalle, imaginó el pueblo atrapado entre dos mundos: “Lo quiere el bosque llevar y el océano le sujeta”. Por eso, escribió, Zapallar “tiene de barca y de cabaña”, y pertenece tanto al mar como a las colinas boscosas. El esfuerzo colectivo que dio origen a El Boldo de Zapallar ha contribuido a garantizar que uno de los extremos de ese delicado equilibrio perdure. Sin embargo, el bosque esclerófilo sigue enfrentándose a las crecientes presiones de los incendios, el desarrollo urbano y la sequía.