Energía

La unidad regional puede evitar el auge y la caída del sector minero en América Latina

Dado que China y EE.UU. tienen la mirada puesta en las reservas de la región, el investigador Gonzalo Delgado afirma que América Latina debe empezar a organizarse como un bloque
<p>Una mina de cobre a cielo abierto en Arequipa, en el sur de Perú. Chile y Perú producen, en conjunto, aproximadamente el 40% del suministro mundial de cobre (Imagen: Jose Luis Stephens / Alamy)</p>

Una mina de cobre a cielo abierto en Arequipa, en el sur de Perú. Chile y Perú producen, en conjunto, aproximadamente el 40% del suministro mundial de cobre (Imagen: Jose Luis Stephens / Alamy)

La transición energética global está cambiando la manera en que entendemos los recursos naturales. Minerales como el cobre, el litio o el níquel han pasado de ser insumos industriales para convertirse en activos estratégicos para la economía global. La expansión de energías limpias depende cada vez más de un suministro continuo y confiable de estos materiales.

América Latina ocupa una posición singular en esta nueva geografía de los recursos. La región concentra algunas de las mayores reservas de minerales críticos del mundo. Chile y Perú concentran alrededor del 40% del cobre global, un mineral esencial para la electrificación de las economías. Argentina, Bolivia y Chile albergan más de la mitad de las reservas conocidas de litio, metal clave para las baterías y el almacenamiento de energía.

Esto significa que, en un mundo cada vez más marcado por la carrera entre China y Estados Unidos por asegurarse los recursos necesarios para la transición, la estabilidad del suministro de minerales de América Latina es más importante que nunca.

La historia nos enseña que el crecimiento derivado de los recursos naturales no siempre se traduce en desarrollo sostenible. América Latina ha vivido múltiples ciclos de auge de las exportaciones, caracterizados por la abundancia de recursos que coexistía con instituciones débiles y territorios fragmentados. En muchos casos, el resultado fue un crecimiento sin el suficiente fortalecimiento institucional, lo que dejó a los territorios expuestos a la desigualdad, a las presiones medioambientales y a conflictos recurrentes a medida que el auge se iba apagando.

¿Está América Latina preparada para aprovechar la oportunidad esta vez?

La gobernanza, no la geología, determinará los resultados

Hoy, el debate ya no debería centrarse solo en cuánto mineral puede producir la región, sino en cómo lo va a hacer. La provisión responsable, sostenible y confiable de minerales no es un concepto abstracto. Significa contar con reglas claras, instituciones capaces de hacerlas cumplir y mecanismos efectivos para gestionar los impactos ambientales y sociales, garantizando que los beneficios económicos se traduzcan en oportunidades reales para las comunidades y en mejoras tangibles en los territorios.

En los últimos años, varios países han dado pasos importantes en esa dirección. Chile ha fortalecido sus estándares ambientales y sus sistemas de evaluación ambiental; Perú ha desarrollado mecanismos de diálogo social y sistemas de trazabilidad para minerales estratégicos; y Colombia ha avanzado en marcos regulatorios que buscan equilibrar inversión minera y protección ambiental. Estos avances reflejan capacidades técnicas e institucionales que la región ha construido con el tiempo frente a presiones sociales, cambios políticos y ciclos económicos.

Gabriel Boric hablando en un salón con personas del pueblo atacameño
El expresidente de Chile, Gabriel Boric, reunido con el Consejo de los Pueblos Atacameños para debatir la Estrategia Nacional de Litio en diciembre de 2024 (Imagen: Ximena Navarro / Dirección de Prensa, Presidencia de la República de Chile)

Sin embargo, los conflictos sociales en torno a los proyectos extractivos siguen siendo habituales. En Perú, por ejemplo, esta tendencia es especialmente persistente. Las cuestiones socioambientales representan una parte significativa de los conflictos sociales registrados, según los últimos datos registrados por la Defensoría del Pueblo. La minería es la subcategoría más citada. Esto refleja la dificultad política de tomar decisiones que sean legítimas y sostenibles en el tiempo.

Evitar estos conflictos no significa reprimir la oposición, sino crear instituciones capaces de anticiparse a las disputas. Esto puede garantizar unas consultas creíbles y el cumplimiento de la normativa medioambiental. También puede contribuir a que los beneficios locales resulten más evidentes, combatiendo así el arraigo de la desconfianza.

Paralelamente, la transición energética está redefiniendo la relación entre los países productores y las grandes potencias.

Estados Unidos busca reducir su dependencia de proveedores considerados estratégicamente sensibles y fortalecer cadenas de suministro en entornos políticamente confiables. China, por su parte, impulsa acuerdos de financiamiento e inversión en infraestructura para asegurarse acceso estable a materias primas.

En la última década, empresas chinas han incrementado su presencia en proyectos mineros, puertos, redes eléctricas en países como Perú, Chile y Argentina, reflejando una estrategia sostenida para asegurar acceso a recursos críticos.

En este contexto, los países latinoamericanos enfrentan un entorno internacional más exigente y complejo. Las decisiones sobre minería, energía e infraestructura ya no son únicamente decisiones económicas; son decisiones estratégicas que afectan la posición de los países en el sistema global. La capacidad de los Estados para supervisar y regular infraestructuras críticas es, por tanto, un componente central de la gobernanza económica y territorial.

El puerto peruano de Chancay, inaugurado en noviembre de 2024, se construyó gracias a una importante inversión china. El proyecto despertó un debate sobre la autoridad reguladora, los derechos de exclusividad y el grado de supervisión estatal en lo que respecta a las infraestructuras estratégicas. La preocupación no radica en la inversión extranjera en sí misma, sino en si el Estado peruano cuenta con la capacidad suficiente para regular unas infraestructuras que están adquiriendo un papel fundamental en el comercio, la logística y el posicionamiento geopolítico. Por otra parte, la creciente concentración del suministro eléctrico de Lima en manos de un operador de otro país plantea interrogantes sobre la regulación, la competencia y la seguridad energética. Se trata de reconocer que la gestión de estos activos se ha convertido en una cuestión estratégica.

Una respuesta regional a una carrera mundial

Otra dimensión que empieza a hacerse evidente es la necesidad de pensar como región. Ningún país latinoamericano, por sí solo, tiene el peso suficiente para influir de manera decisiva en los mercados globales de minerales críticos o en la definición de estándares ambientales internacionales. Incluso los mayores productores, como Chile y Perú en cobre o Brasil en hierro y níquel, representan solo una fracción del mercado mundial y dependen de cadenas de suministro que se definen fuera de la región y sobre las cuales tienen influencia limitada.

Pensar como región es económicamente racional, pero políticamente difícil

Sin embargo, la coordinación regional enfrenta límites evidentes. Las economías latinoamericanas compiten entre sí por atraer inversión, los marcos regulatorios son heterogéneos y las prioridades nacionales suelen prevalecer sobre cualquier intento de articulación colectiva. Pensar como región es económicamente racional, pero políticamente difícil. Aun así, es una conversación que la región ya no puede postergar si quiere mantener relevancia en el nuevo escenario energético.

En última instancia, la pregunta inicial sigue siendo la más importante: ¿está preparada América Latina para proveer minerales en un mundo de competencia estratégica? La respuesta no depende únicamente de la geología ni de la demanda internacional. Depende de algo más fundamental: la capacidad de los países para gobernar sus recursos de manera efectiva y la voluntad política para hacerlo de manera consistente en el tiempo.

La región tiene recursos, experiencia y conocimiento técnico acumulado. Lo que aún falta, en muchos casos, es alinear capacidades institucionales y voluntades políticas para gestionar esa riqueza con estabilidad, legitimidad social y responsabilidad ambiental.

El desafío, por tanto, no es solo producir más minerales, sino gobernarlos mejor. América Latina seguirá siendo un proveedor relevante de recursos estratégicos en las próximas décadas. La cuestión central para países como Perú y la región en su conjunto es si esa participación permitirá fortalecer instituciones, construir confianza en el territorio y convertir ese esfuerzo en desarrollo, o si simplemente consolidará un nuevo ciclo de crecimiento basado en la exportación de materias primas.

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