Para Ronald Fuenmayor, un joven wayuu del territorio costero de Paraguachón, en el norte de Colombia, los sueños son una parte inseparable de su relación espiritual con la naturaleza.
“Los sueños te anuncian cosas que le puedan pasar a tu familia o a personas cercanas”, asegura.
En la cosmovisión wayuu, los sueños dialogan con el territorio: el mar, las plantas, el viento o la lluvia pueden aparecer mientras se duerme para advertir enfermedades, visitas, pérdidas o cambios climáticos.
“El sol cuando tiene un halo grande anuncia enfermedad”, explica Fuenmayor. También recuerda cómo ciertos pájaros anuncian visitas o muertes, y cómo los atardeceres intensamente naranjas son interpretados como señales de acontecimientos graves en el territorio.
Estos conocimientos han sido transmitidos históricamente por abuelas, abuelos y autoridades espirituales que enseñan a interpretar el comportamiento de la naturaleza.
Sin embargo, Fuenmayor asegura que la crisis climática ha alterado esas lecturas. A sus 30 años, afirma que el territorio que conoció en su infancia ya no es el mismo. “Ahora es muy común ver atardeceres naranja dorado. Antes pasaban años sin verlos”, cuenta. Las sequías son más largas, las lluvias más impredecibles y el mar ha cambiado su comportamiento. Y las señales que se interpretan en los sueños están perdiendo su claridad.
Estudios muestran que la crisis climática ha alterado los patrones ambientales históricos, haciendo que las estaciones lluviosas sean impredecibles y afectando a la agricultura y a la supervivencia de la comunidad. También está afectando profundamente a la cultura wayuu.
Gran incertidumbre
Esa transformación afecta directamente la agricultura y los modos de vida comunitarios. En muchas comunidades wayuu, sembrar se ha convertido en un riesgo. Las familias preparan la tierra, invierten semillas, tiempo y trabajo colectivo, pero la lluvia ya no responde como antes. “A veces llueve un solo día y después no vuelve a llover. Se pierde la semilla, el trabajo y las hectáreas sembradas”, explica Fuenmayor a Dialogue Earth.
Los mayores, que antes podían interpretar el tiempo observando la luna, las nubes o el viento, hoy sienten incertidumbre. Fuenmayor recuerda cómo su padre, sembrador desde hace años, insiste en cultivar aunque reconoce que “ya no es como antes”. Según explica, actualmente el riesgo de perder una cosecha es mucho mayor que las posibilidades de obtener ganancias.
La escasez de agua es otra de las grandes preocupaciones. En un territorio donde aproximadamente el 70% es semidesértico, conseguir agua implica recorrer largas distancias para abastecer hogares, animales y cultivos. Los jagüey, pozos artesanales tradicionales cavados a mano, son fundamentales para la supervivencia comunitaria, aunque muchos se secan rápidamente debido al calor extremo y la falta de lluvias constantes.
“Todo cambia dependiendo de si hay o no agua”, dice Fuenmayor. El impacto no es solo material. La ausencia de agua afecta el ánimo y la espiritualidad colectiva. “Aflige a la madre, al abuelo, a la abuela, aflige el espíritu”, explica.
Dentro de la espiritualidad wayuu, la lluvia tiene nombre propio: Juya. Su llegada representa abundancia, bienestar y renovación de la vida. Cuando Juya visita el territorio, los animales engordan, florecen los frutos silvestres y las comunidades celebran. “Hay fiesta, hay encuentro, el espíritu está contento”, describe Fuenmayor. Pero cuando la lluvia no llega, la comunidad interpreta que existe un desequilibrio entre las personas y el territorio.
La Organización de las Naciones Unidas ha advertido que el cambio climático altera los patrones de precipitación y acelera tanto las sequías como la escasez hídrica en territorios vulnerables. Ese fenómeno coincide con lo que Fuenmayor describe cuando habla de lluvias impredecibles, pérdida de semillas y temporadas secas más largas.
La lectura climática también está ligada al calendario wayuu. A diferencia del calendario occidental, el ciclo más importante inicia con el juyapu, la gran temporada de lluvias entre agosto y noviembre. Durante este periodo, distintas “personalidades” espirituales visitan el territorio. Su presencia marca el inicio de un nuevo ciclo de abundancia, siembra, pesca, caza y actividades comunitarias.
Pero además del cambio climático, las comunidades costeras enfrentan otro problema creciente: la erosión del litoral. Fuenmayor denuncia que en Caño Zahua, un asentamiento wayuu situado en la península de La Guajira en el norte colombiano, varias viviendas han desaparecido debido al avance del mar y a la alteración de los cauces naturales tras intervenciones humanas realizadas años atrás. “Hay hogares que se derrumbaron y otros están agrietándose”, señala. Según las cuentas comunitarias, al menos cinco viviendas ya desaparecieron.
En medio de una crisis climática global, la experiencia del pueblo Wayuu revela que el cambio climático no solo modifica temperaturas o lluvias: también transforma las formas de sentir, interpretar y habitar el mundo. Allí donde antes los sueños podían anunciar la llegada de la lluvia, hoy reina la incertidumbre.
En busca de soluciones
Pero la memoria de los mayores sigue resistiendo, intentando mantener viva una lectura ancestral del territorio que aún tiene mucho que enseñar.
En wayuunaiki, la lengua de los wayuu, no existen palabras exactas para “basura” o “reciclaje”. La explicación se encuentra en las prácticas ancestrales de las abuelas wayuu.
“Todo tenía un uso dentro del territorio”, explica Yenilin Lubo Bonivento, una joven wayuu. Las telas se reutilizaban para confeccionar nuevos artículos; las latas se convertían en utensilios domésticos; las hojas de maíz y yuca servían como alimento para los animales o como abono para la tierra.
En los círculos de conversación en los que participó Lubo Bonivento, las mujeres mayores recordaron cómo las familias solían desplazarse según las estaciones lluviosas y cómo el conocimiento del clima les permitía cuidar de los animales, sembrar cultivos y conservar semillas resistentes a las condiciones del desierto. “Nos dimos cuenta de que ya habíamos experimentado los efectos del cambio climático en el pasado, aunque no lo llamáramos así”, explica Lubo Bonivento. “La diferencia es que, en el pasado, las estaciones eran más predecibles”.
La diversidad de nuestras semillas refleja también la riqueza cultural y biológica de nuestro territorioYenilin Lubo Bonivento, joven wayuu
Fue allí donde dos preocupaciones comenzaron a entrelazarse: la pérdida del conocimiento ancestral de la tierra y la desaparición de las semillas tradicionales. Muchas personas mayores señalaron que las generaciones más jóvenes ya no reconocían diversas especies silvestres ni sabían cuándo cosecharlas o sembrarlas. “Nuestras semillas son la base de nuestra alimentación, nuestra medicina y nuestra espiritualidad”, afirma Lubo Bonivento. “La diversidad de nuestras semillas refleja también la riqueza cultural y biológica de nuestro territorio”.
Tekia es otra comunidad wayuu de La Guajira. En 2024, su comunidad comenzó a recopilar historias orales sobre semillas autóctonas y técnicas de siembra de los ancianos de la comunidad. El resultado fue la creación de un calendario ecológico y espiritual que documenta las estaciones lluviosas, las épocas de cosecha, los signos climáticos, los ciclos lunares y los periodos de recolección de semillas.
A partir de esta experiencia, la comunidad comenzó a crear un vivero y un banco comunitario de semillas autóctonas, históricamente adaptadas a las condiciones áridas de La Guajira. La iniciativa involucra a mujeres, niños, jóvenes y personas mayores en programas de formación para la recolección, el almacenamiento y la conservación de sus propias semillas. “Sembrar y cuidar nuestras semillas es un acto de resistencia, resiliencia y amor por la tierra”, afirma Lubo Bonivento.
Estas iniciativas no solo buscan almacenar semillas, sino también preservar los conocimientos necesarios para que esas semillas sigan existiendo en el futuro. Los manuales comunitarios creados en Tekia contienen historias, prácticas y recomendaciones transmitidas por los mayores: qué señales anuncian una buena cosecha, qué alimentos no se deben comer después de la siembra o qué comportamientos pueden alterar el equilibrio de la tierra.
Para fortalecer estos procesos, las comunidades han comenzado a trabajar en colaboración con profesionales wayuu y no wayuu de ámbitos como la biología, la agronomía, la agroecología y la conservación del medioambiente. El objetivo es combinar las herramientas científicas para la conservación y la reproducción de semillas con los conocimientos ancestrales sobre los ciclos climáticos y espirituales del territorio.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha puesto de manifiesto que las semillas autóctonas conservadas por los pueblos indígenas pueden constituir una herramienta importante para hacer frente a la crisis climática, dada su resistencia a las sequías extremas y a los ecosistemas frágiles.
La combinación de conocimientos científicos y tradicionales
Conocimientos que durante años se consideraron meras supersticiones adquieren ahora un nuevo significado ante una crisis climática que está desestabilizando incluso los modelos de predicción científica.
Mientras que la ciencia habla de ciclos hidrológicos alterados, desertificación y pérdida de biodiversidad, el pueblo wayuu habla de un territorio que ya no se puede interpretar como antes. Además de la conservación física de las semillas, estos procesos incluyen encuentros comunitarios, intercambios de saberes en wayuunaiki, formación para jóvenes custodios de semillas y estrategias propias de adaptación climática diseñadas desde y para el pueblo Wayuu. La apuesta no es solamente proteger cultivos, sino también preservar la memoria biocultural y espiritual del territorio.
Esta es, quizás, una de las advertencias más urgentes que llegan de comunidades como Paraguachón y Tekia: la crisis climática no solo está secando los jagüey o destruyendo las cosechas. También está rompiendo un vínculo ancestral entre las personas, las semillas, los sueños y la tierra.
Mientras la crisis climática transforma los ciclos de Woumainkat —”nuestro territorio”— y amenaza la memoria, el pueblo Wayuu continúa persistiendo desde las palabras, las semillas y los sueños. En cada saber transmitido por los mayores sobrevive una forma ancestral de entender el equilibrio entre la madre y la vida. Escuchar esas voces hoy no solo es un acto de memoria, sino también una posibilidad para imaginar otros futuros posibles.

