Clima

Manuel Pulgar-Vidal: La próxima década será decisiva: lo que venga puede ser una transformación

Mientras las instituciones se debilitan y la cooperación global se quiebra, uno de los arquitectos del Acuerdo de París sostiene que el ambientalismo debe cambiar su forma de ver la crisis y reconstruirse
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<p>Manuel Pulgar-Vidal (Ilustración: <a href="https://www.sketchplore.com/">Vipin Sketchplore</a> / Dialogue Earth; Imagen original: WWF)</p>

Manuel Pulgar-Vidal (Ilustración: Vipin Sketchplore / Dialogue Earth; Imagen original: WWF)

El futuro medioambiental del planeta no va a ser una línea recta. Es probable que la próxima década traiga consigo importantes retos: instituciones debilitadas, un multilateralismo bajo asedio, una geopolítica que vuelve a poner los combustibles fósiles y los minerales críticos en el centro de las disputas de poder. Sin embargo, también es una década en la que se pueden sentar las bases para una transición más eficaz y resiliente, siempre que seamos capaces de cambiar los lentes con los que miramos el problema.

¿Por qué Manuel Pulgar-Vidal? Pocas personas han observado la evolución de la gobernanza medioambiental global desde tantos puntos de vista. Como ministro de Ambiente de Perú y presidente de la COP20 celebrada en Lima en 2014, Pulgar-Vidal estuvo en el centro de las negociaciones climáticas durante el año crucial previo al Acuerdo de París. En la actualidad, es el responsable mundial de clima y energía de WWF. Su experiencia en el ámbito gubernamental, en las negociaciones multilaterales y en la sociedad civil confiere un peso especial a la cuestión central de este ensayo: si la arquitectura medioambiental construida en las últimas décadas se está debilitando, ¿qué debería sustituirla?

Esa doble mirada —pesimismo de corto plazo, posibilidad real de recomposición a más largo plazo— es la que quiero desarrollar aquí, y explicar por qué creo que el camino hacia adelante no pasa por abandonar el multilateralismo ni por resignarnos a la fragmentación, sino por reconstruir ambos desde una lógica distinta.

Un debilitamiento que ya es evidencia

Empecemos por lo que está ocurriendo con las estructuras que gobiernan lo ambiental. En América Latina en particular, los ministerios o secretarías del ambiente —la arquitectura institucional que durante dos décadas se pensó como el centro de la gestión ambiental— se han visto fusionados, disueltos o disminuidos. Y cuanto más bajamos en la escala de gobierno, de lo nacional a lo regional y lo local, peor es la fotografía: menos capacidad, menos recursos, menos margen de acción.

El planeta a futuro

Esta serie especial de ensayos por el vigésimo aniversario de Dialogue Earth reúne a expertos y profesionales reconocidos a nivel mundial, de distintos continentes, especialidades y realidades. Juntas, sus diferentes perspectivas reflejan las fuerzas que dan forma a nuestro mundo en la actualidad y a los futuros que podrían surgir.

Parte de esto es ofensiva política. Pero parte también es autocrítica: estas instituciones nunca lograron llegar a los espacios de verdadero poder —los ministerios de finanzas, de infraestructura, la propia presidencia— y esa distancia les restó relevancia. Europa ya empieza a corregir el diseño, fusionando cambio climático con energía y producción en una misma cartera, porque entiende que esos tres asuntos son, en realidad, uno solo. Es un camino que América Latina debería mirar con atención.

A esa fragilidad institucional se suma una carrera geopolítica por los recursos naturales que no da tregua. La demanda de metales raros y tradicionales para las tecnologías de la información convive con una ambición renovada por los combustibles fósiles, agravada por las crisis en Irán y Ucrania, que ha encarecido el petróleo y el gas y ha hecho más difícil su obtención y transporte. Iniciativas como el impulso de Colombia para abandonar los combustibles fósiles o la hoja de ruta de Brasil son pasos en la dirección correcta, pero todavía modestos: el mundo de las finanzas no se ha convertido, ni de lejos, en el gran articulador del cambio que necesitamos.

Y detrás de todo esto, una crisis más profunda: la del propio multilateralismo. Hemos logrado avances significativos en la lucha contra el cambio climático a través del Acuerdo de París y en la protección de la biodiversidad mediante el Marco Global de Kunming-Montreal. Pero ese impulso se ha ido apagando por la presión de gobiernos de extrema derecha, negacionistas climáticos que desmantelan sus propias estructuras científicas e institucionales y acusan al enfoque multilateral de ser lento e ineficaz —una acusación que considero profundamente equivocada, pero que ha calado. Mientras tanto, la evidencia de la crisis planetaria no deja de acumularse: olas de calor e incendios forestales, un “super El Niño” y el aumento de los desplazamientos forzados.

El sistema financiero tiene que convertir ese empuje en algo estable y duradero

A esto se agrega una brecha tecnológica que reproduce las mismas inequidades que originaron la crisis: el desarrollo de tecnologías limpias sigue concentrado en el Norte Global, y en algunos casos son los propios países del norte —o economías emergentes— los que le venden al sur tecnología ya obsoleta. Con todo, hay una innovación real en marcha: la energía solar y eólica han bajado de precio y se despliegan cada vez más rápido, y ya empezamos a ver los primeros pasos hacia combustibles sintéticos, con sectores como el marítimo reconvirtiendo sus flotas.

Creo que, con el tiempo, quedará claro que la apuesta climática era la correcta.

Concluyo este análisis con tres frentes que rara vez se mencionan juntos, pero que están profundamente interconectados.

La desinformación, que se ha convertido en la norma más que en la excepción y que ataca de lleno a una generación joven que crece con estas tecnologías. A continuación, el menoscabo de la ciencia y el intento de imponer agendas políticas actuales que obstaculizan la capacidad de toma de decisiones de organismos como el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, precisamente en un momento en el que todas sus predicciones —incluso las más graves— se han ido cumpliendo. Y en tercer lugar, la pérdida del espacio cívico, incluidos los crecientes ataques contra las organizaciones de la sociedad civil, que, no lo olvidemos, fueron las principales artífices del marco medioambiental del que disponemos hoy en día.

Todo esto está ocurriendo en un mundo que ha dado la espalda a la cooperación global y se está encerrando en sí mismo. Es fundamental señalar que las cuestiones medioambientales, que requieren colaboración, se ven socavadas cada vez que la geopolítica se repliega sobre sí misma.

Cuatro lentes nuevos para mirar el mismo mundo

Frente a este panorama, la pregunta que más me interesa no es cuán grave es la crisis —eso ya lo sabemos—, sino con qué lentes vamos a mirarla de ahora en adelante, porque los que usamos hasta hoy nos están generando miopía.

El primer lente tiene que ver con el multilateralismo. No creo que haya que renunciar a él: sigue siendo, con todas sus limitaciones, la forma más legítima de tomar decisiones colectivas. Lo que está en crisis es su versión de arriba hacia abajo. Por eso me convence la idea que planteó Brasil en la COP31 de un enfoque de dos vías para el multilateralismo : reconstruir, en paralelo, uno de abajo hacia arriba, hecho de nuevas coaliciones, nuevas alianzas y procesos que no dependan exclusivamente del consenso entre Estados.

El segundo lente es económico. Necesitamos seguir fortaleciendo la narrativa de que el mundo avanza —lento, mas no en reversa— hacia una economía con altísimas consideraciones climáticas y de biodiversidad. En un momento en que la política ha abandonado buena parte de este debate, le toca a la economía tomar la posta. Y dentro de ella, hay un actor que todavía no ha entendido el rol que le corresponde: las finanzas. La tecnología, la ciencia, la gobernanza y la sociedad civil ya están empujando en la dirección correcta, pero es el sistema financiero —fondos de inversión, propietarios de activos, bolsas de valores— el que tiene que convertir ese empuje en algo estable y duradero. Todavía no hemos logrado que las finanzas cumplan ese rol central. Pero sabemos, cada vez con más claridad, qué tiene que pasar para lograrlo.

El tercer lente es sistémico: dejar de tratar el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la crisis del agua, la salud ambiental y la contaminación por plásticos como compartimentos separados, y empezar a exigirles a nuestras instituciones, nuestros marcos políticos y nuestros planes climáticos nacionales un enfoque sinérgico, en el que una sola acción tenga efectos positivos sobre varios frentes a la vez.

El cuarto lente es la ciencia y la información. En tiempos de incertidumbre climática creciente —donde incluso los propios meteorólogos tienen más dificultad para anticipar fenómenos que antes eran previsibles—, la ciencia sigue siendo lo más cercano a una brújula confiable que tenemos. Fortalecerla, y disputarle terreno a la desinformación, no es un frente secundario: es la condición para que los otros tres lentes funcionen.

Ninguno de estos cuatro lentes alcanza por sí solo. Pero, combinados, empiezan a describir un camino distinto del que hemos recorrido hasta ahora: un multilateralismo que se reconstruye desde cero, una economía que interioriza lo climático como condición de competitividad, una gobernanza que deja de fragmentar los esfuerzos par abordar la crisis planetaria y una ciencia fortalecida frente a la desinformación.

Sigo pensando que los próximos cinco o diez años van a ser difíciles, y que sería ingenuo prometer lo contrario. Pero también estoy convencido de que ya sabemos, con bastante precisión, qué piezas nos faltan para que la próxima década sea distinta a esta. La pregunta que deberíamos estar haciéndonos, en cada mesa de negociación, en cada ministerio de finanzas y en cada directorio de inversión, es simple: ¿cómo logramos que toda esa presión, en lugar de destruirnos, nos dé por fin la energía estable que llevamos dos décadas buscando?

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