Energía

El mundo acordó abandonar los combustibles fósiles, pero discrepa sobre cómo

Los países apuestan por las energías limpias, pero se resisten a reducir la producción de combustibles fósiles. Esa línea divisoria marca la primera hoja de ruta de transición de la ONU, que se presentará en la COP31
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<p>Un miembro colombiano del pueblo indígena arhuaco en las reuniones sobre el clima que se celebraron en junio en Bonn, Alemania. Se espera que en la COP31, en noviembre, se presente una hoja de ruta global para la transición hacia la eliminación gradual de los combustibles fósiles (Imagen: <a href="https://flic.kr/p/2si5PzE">Lara Murillo</a> / <a href="https://flic.kr/p/2si5PzE">UN Climate Change</a>, <a href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/4.0/deed.pt-br">CC BY NC SA</a>)</p>

Un miembro colombiano del pueblo indígena arhuaco en las reuniones sobre el clima que se celebraron en junio en Bonn, Alemania. Se espera que en la COP31, en noviembre, se presente una hoja de ruta global para la transición hacia la eliminación gradual de los combustibles fósiles (Imagen: Lara Murillo / UN Climate Change, CC BY NC SA)

Hace más de tres años, cerca de 200 países aprobaron un acuerdo para abandonar el uso de combustibles fósiles en los sistemas energéticos. Hoy, esos mismos países tienen dificultades para decidir cómo será esa transición.

La cumbre climática de la ONU, la COP28, celebrada en Dubái, fue la primera de su tipo en mencionar explícitamente en su texto final la necesidad de abandonar el carbón, el petróleo y el gas. Sin embargo, no incluyó ningún mecanismo para llevar a la práctica ese compromiso.

Tres años después, Brasil, que presidió la cumbre COP30 el año pasado, ha dedicado gran parte del último año a intentar subsanar esta laguna elaborando una hoja de ruta global para la transición hacia la eliminación de los combustibles fósiles, que se dará a conocer en la COP31 en noviembre. 

La tarea es más urgente que nunca, afirma Siân Bradley, de la Alianza Beyond Oil and Gas (BOGA), una coalición de gobiernos comprometidos con la eliminación gradual de los combustibles fósiles. En declaraciones a Dialogue Earth, señaló: “Todo lo que ha ocurrido desde el lanzamiento de la iniciativa, desde las repercusiones que sigue teniendo el cierre del estrecho de Ormuz hasta los incendios forestales y las olas de calor, hace que esto sea aún más urgente. Ahora estamos entrando en una fase de implementación”.

De los 146 planes nacionales de acción climática actualizados presentados a la ONU hasta agosto, 101 hacen referencia al abandono de los combustibles fósiles, pero solo 12 detallan cómo hacerlo, según muestra un análisis de la BOGA compartido con Dialogue Earth. Las entrevistas con negociadores, activistas y analistas revelan que esto se reduce a divisiones fundamentales sobre principios básicos: qué debe decir o hacer la hoja de ruta.

¿Un informe o un marco?

En la COP30 del pasado noviembre, Brasil intentó que la hoja de ruta formara parte de las negociaciones oficiales, pero las diferencias entre los países lo impidieron. En su lugar, Brasil propuso una hoja de ruta voluntaria, que elaboraría en 2026 en consulta con los gobiernos.

Ana Toni, directora ejecutiva de la COP30, describe este documento propuesto como un “marco” más que como un conjunto de directrices: su objetivo es mostrar a los países lo que ya se está moviendo, en lugar de dictar lo que deben hacer. La hoja de ruta abordará tanto la demanda como la producción de combustibles fósiles. Demostrará que no se trata solo de un problema energético, sino también social y económico. “La transición no es un tabú. Hay que debatirla”, afirma.

La presidencia de la COP30 ha identificado cuatro áreas generales en las que se centrará la hoja de ruta para acelerar la transición para abandonar los combustibles fósiles: reformar la arquitectura financiera internacional, reforzar el desarrollo de capacidades, aumentar la cooperación y dar prioridad a la transición justa.

Alejandra López, responsable de diplomacia climática en Transforma, una ONG con sede en Colombia, explica a Dialogue Earth que no quiere que la hoja de ruta repita los errores de la hoja de ruta de financiación climática de 1,3 billones de dólares, que, según ella, carece de un plan que defina quién hace qué.

La verdadera prueba, sostiene López, es si el documento está vinculado a la arquitectura existente —como los planes nacionales sobre el clima— en lugar de quedar aislado en el vacío. “Lo veo como un punto de referencia de lo que hay que hacer y cómo debe hacerse”, añade.

Paola Yanguas Parra es asesora de políticas en el Instituto Internacional para el Desarrollo Sostenible, un centro de estudios con sede en Canadá. Ella menciona otro reto: Turquía, país anfitrión y presidente de la COP31, no ha convertido la transición para abandonar los combustibles fósiles en una prioridad para la conferencia, centrándose en su lugar en la electrificación. Esto ilustra una tensión en el núcleo de la hoja de ruta: los países pueden apostar por la energía limpia sin dejar de mostrarse reacios a debatir la reducción de la producción y el uso de combustibles fósiles.

“Si ellos [los países] no lo llevan adelante, la hoja de ruta podría quedarse en el olvido”, explica Yanguas Parra a Dialogue Earth. “Turquía ha fijado un objetivo de electrificación, pero eso tiene que ir de la mano de la transición de los combustibles fósiles. Por ahora, no veo esa coordinación”.

Una mujer con una chaqueta beige y un hombre con un traje azul oscuro de pie en una sala, manteniendo una conversación de trabajo
Anna Toni, directora ejecutiva de COP30, conversa con Simon Stiell, jefe de clima de la ONU, durante las reuniones climáticas celebradas en Bonn en junio. Ella afirma que la nueva hoja de ruta para la transición debería ser más un “marco” que un conjunto de directrices (Imagen: Lara Murillo / UN Climate Change, CC BY NC SA)

Resurgen viejas líneas de división

Brasil comenzó en febrero un proceso de presentación de propuestas para influir en la configuración de la hoja de ruta y recibió aportes de solo 18 gobiernos, la Unión Europea y dos bloques negociadores: el grupo de 44 Países Menos Adelantados (PMA) y la Alianza de Pequeños Estados Insulares (AOSIS, por sus siglas en inglés),  integrada por 39 miembros. 

La AOSIS afirmó que la hoja de ruta “no debe convertirse en un ejercicio puramente descriptivo”, sino en un “instrumento práctico”. Las Islas Marshall pidieron que quedara clara la necesidad de reducir la producción de petróleo, gas y carbón. Vanuatu exigió un tratado vinculante sobre combustibles fósiles para “apoyar una eliminación gradual controlada y equitativa”. Tanto Islandia como Suiza han solicitado una hoja de ruta con hitos definidos, y esta última propuso hitos acordados hasta 2035.

Los países productores han marcado sus propias posiciones: Rusia argumentó que el gas es un combustible de transición legítimo, mientras que Noruega hizo hincapié en que su producción de gas ya es de bajas emisiones en comparación con la de otros países. Un recordatorio de que “alejarse de los combustibles fósiles” significa cosas diferentes dependiendo de quién los produzca.

Los otros 180 países miembros de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático no han presentado nada.

Shady Khalil, estratega de políticas globales de Oil Change International, afirma que esta brecha pone de manifiesto una cuestión de responsabilidad aún sin resolver. “Los países del Norte Global deben demostrar que están liderando la transición”, afirma. “No se trata solo de una necesidad climática. La transición también redunda en su propio interés. Pero hay obstáculos que aún hay que superar”.

El papel de las hojas de ruta nacionales

Mientras se debate el documento global, un puñado de países ha intentado elaborar el suyo propio. Francia fue la primera en publicar una hoja de ruta nacional en abril, pero ya surgen dudas sobre su contenido.

“La elaboraron rápidamente para presentar algo, pero carece de detalles. Es como un inventario de las cosas que ya están haciendo”, señaló Yanguas Parra.

Países Bajos publicó su propia hoja de ruta nacional en septiembre, integrada en su nuevo Plan Nacional del Sistema Energético. El plan considera que reducir la dependencia de las importaciones de combustibles fósiles es fundamental para la seguridad energética, y lo combina con planes para casi cuadruplicar la capacidad de energías renovables para 2040. Pero no llega a establecer una fecha límite vinculante para el uso o la producción de combustibles fósiles, según constataron Greenpeace Países Bajos, 350.org y Oil Change International.

Alemania también publicó  su hoja de ruta en septiembre, comprometiéndose a eliminar progresivamente el carbón, el petróleo y el gas natural para 2045.

El pasado diciembre, el presidente Lula da Silva dio instrucciones los principales ministerios brasileños para que elaboraran una hoja de ruta en un plazo de dos meses. No se cumplió el plazo y, en la actualidad, el Consejo Nacional de Política Energética está trabajando en un plan, aunque sin un calendario fijo.

México está integrando su propia planificación de la transición en su arquitectura climática existente, en lugar de elaborar un documento independiente, afirma López. “Se trata de un plan sectorial vinculado a su compromiso climático nacional, coordinado entre los distintos ministerios”, explicó.

Andreas Sieber, responsable de estrategia política global de la ONG 350.org, afirma que las hojas de ruta nacionales son el siguiente paso lógico una vez que se dé a conocer la hoja de ruta global. Sin embargo, desea que los países más comprometidos con el proceso avancen más rápido que eso. En abril, una coalición informal de 57 gobiernos nacionales dispuestos a actuar al margen del proceso de negociación climática de la ONU se reunió en Santa Marta, Colombia, para debatir cómo acelerar la transición para abandonar los combustibles fósiles.

Sieber señala que si al menos 50 de los países implicados en el proceso de Santa Marta acudieran a la COP31 con sus propios planes nacionales en la mano, eso por sí solo ya sería un resultado significativo. “Deberíamos pedir a los países que se comprometan a presentar hojas de ruta antes de la COP”, añade.

La financiación de cualquier hoja de ruta de este tipo supone, por supuesto, un reto especial para los países en desarrollo. BOGA y la asociación NDC, una coalición de países y organizaciones climáticas, están ayudando a algunos de estos países a elaborar sus planes. Kazajistán, Chad y Trinidad y Tobago fueron los primeros en sumarse. Los tres dependen de los combustibles fósiles para una gran parte de sus ingresos por exportación, y los responsables de estas naciones plantean su apoyo como una forma de planificar una diversificación económica inevitable.

Para Bradley, la hoja de ruta global debe funcionar como un proceso y no como un resultado concreto. “Se trata de diálogo, de mecanismos facilitadores y de identificar lo que ya está ocurriendo en las distintas jurisdicciones. Debe estar impulsada por los propios países y basarse en la práctica y la experiencia reales”, añadió.

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